Nos gusta sentirnos queridos, que formamos parte de un grupo, de una familia, de una relación. Nos hace sentir protegidos. No hay nada más aterrador para muchos que afrontar las incertidumbres y amenazas del mundo que nos rodea solos. Aunque nos atrae lo diferente y nos genera curiosidad, nos solemos sentir más seguros con lo que conocemos.

Me contaba una persona a la que estimo que su apariencia físicamente atractiva y su personalidad extrovertida generan en los demás un juicio sobre ella de persona engreída, soberbia o prepotente.

Yo le decía, que rechazamos y criticamos a aquellos que con su presencia nos disparan nuestras propias inseguridades y complejos. Nos hacen sentir mal aquellos que nos recuerdan que no nos gustamos tal y como somos o cómo actuamos.

Lo interesante del caso es que cuando sentía que es juicio ocurría, esto a ella le generaba inseguridad. Y yo le contaba que era lógico ya que de algún modo, se sentía rechazada por esa persona o grupo de personas. Ser rechazado es una de las amenazas más grandes a la que un niño se puede enfrentar de ahí lo de “Si no haces esto o lo otro, mamá no te va a querer”.

La amenaza genera miedo y el miedo nos hace actuar de un modo en concreto. Poco empático, con expresiones en nuestra cara y tono de voz que son leídos por la otra parte a su vez, como una amenaza.

Especialmente, cuando lo que queremos es cumplir con las convenciones sociales y sonreímos pero por dentro tenemos miedo, lo que es claramente incongruente y es todavía más amenazante para el otro.

Para hacer sentir seguros a los demás, a pesar de nuestra apariencia, lo primero es poder revisar nuestros propios miedos y saber cómo relajarnos delante de estas situaciones.

Seguramente, lo más importante es hacer que la otra persona no se sienta mal, y eso suele pasar por poner tu atención en ella, valorarla genuinamente y hacer que brille más cerca de tí.

Tu tarea es hacer brillar tanto a esa persona que no se sienta atemorizada por ti sino que te vea