Era un precioso día de verano, Agosto para ser más exactos. Ese día se presentaba intenso y divertido porque íbamos toda la familia a unas piscinas con toboganes para que los niños y el resto de la familia disfrutáramos de un día de agua.

Llegamos a media mañana y ya estaba todo lleno de niños, niñas, padres, madres, abuelos, abuelas y resto de parentescos posibles, abarrotando la piscina infantil.
Era un día caluroso, de esos en los que apetece estar cerca del agua y disfrutar con los más pequeños recordando lo bien que te lo pasabas cuando tenías su edad. Los toboganes de agua tienen esa mágica habilidad de hacerte olvidar tu edad, tus preocupaciones y circunstancias personales, porque  por unos minutos estás allí, disfrutando y riéndote de verdad.
Pero como suele suceder, esa mágica habilidad no afecta a todo el mundo por igual. Allí mismo en la piscina infantil, había un niño de unos 4 o 5 años, con su bañador de los Angry Birds y manguitos de Spiderman. Estaba en la parte superior del tobogán, aferrándose con sus manos a los lados de la barandilla como si eso fuera una zona segura para él. El resto de los niños, subían y bajaban, chillaban y se reían inmersos en sus juegos. Algunos se tiraban y otros no se atrevían hacerlo pero eso no parecía importar demasiado.

Para todos salvo para  el padre del niño que seguía agarrando con todas sus fuerzas a la barandilla, en lo alto del tobogán. Miraba a su hijo malhumorado, al final del tobogán,  esperando a que se tirara. El tobogán era pequeño pero lo suficientemente grande para el niño sintiera miedo. Temblaba todo su cuerpo y no se atrevía ni a mirar a su padre, cada vez que repetía: “Tírate ya, cobarde”. La madre, mientras tanto, observaba la escena con cara de sufrimiento pero sin intervenir. Al final el padre desistió y le dijo que bajara.

El niño fue hacía su padre con la cabeza baja y sin levantar los ojos. Seguía temblando mientras caminaba. La madre se apresuró a ponerse en medio del padre y el hijo, sin decir nada pero protegiendo de alguna manera al niño. Mientras se alejaban de la piscina hacia las toallas, el padre le repitió hasta en 3 ocasiones: “No eres un cobarde, eres El cobarde”.

Desde aquel día no dejo de pensar en esa familia, en el padre, la madre y el niño y en la manera en la que los padres y las madres se relacionan con sus hijos. Esta es una frase intensa pero no muy alejada de las que puedes escuchar en el parque una tarde cualquiera.

Desconozco cuál era la intención final de ese padre, si quería demostrar algo y a quién se lo quería demostrar. De hecho incidía con el tono de voz en la parte de “El cobarde”. ¿Con quién lo estaría comparando? Tal vez estaba frustrado porque su hijo no es lo que esperaba, a sus cuatro años de edad o es posible que no se pareciera al recuerdo que tenía de él mismo a su edad. Estaría bien ver algún video de ese padre con 4 años, porque tal vez se parecía a su hijo mucho más de lo que él recuerda o cree recordar.

Es posible que crea que así fortalece el espíritu de su hijo pero lo que seguro que está reforzando es algún tipo de creencia que tal vez genere el efecto contrario al deseado en el niño.

Quiero creer que los padres en general, hacemos lo que creemos que es mejor para nuestros hijos pero deberíamos revisar nuestras propias creencias, ponerlas a prueba, ser críticos con ellas y con nosotros mismos para ver si realmente nos acercan a nuestros objetivos o no.

Por otro lado, cada persona tiene su propia esencia, aquello que le define y diferencia del resto y a pesar de que la genética, la familia, la cultura, nuestras experiencias y el contexto, influyen y mucho en las personas, la esencia de cada uno está ahí y permanece a pesar de todo y de todos. Cada uno es como es y está claro que tenemos margen de mejora y de desarrollo personal pero son esas diferencias personales las que hacen que podamos hacer grandes cosas en la familia, en los equipos y en la sociedad en general, integrando diferentes visiones para lograr objetivos comunes.

Todos hemos sido niños y hemos escuchado frases de todo tipo de las personas que han ido compartiendo nuestras vidas a lo largo de los años. Por ese motivo creo que debemos ser responsables de lo que decimos y cómo lo decimos.

Te animo a que:
Pongas atención a  lo que dices, cómo lo dices y a quién se lo dices.
Recupera tu esencia y reconoce la de los tuyos

María Jose Fonseca
Talent Institut