¿Cuándo fue la última vez que te sentiste clara e irremediablemente feliz? Hablo de esos momentos únicos y mágicos que temes que no vuelvan a suceder de tan intensos y maravillosos como fueron.

El día en que naciste nadie te dijo que tendrías que luchar por esa felicidad. Naciste de manera traumática. Partiste de un mundo líquido, ingrávido, perfecto, seguro, cálido y llegaste a otro frío, que tiraba de ti hacía el suelo, lleno de ruidos y de extraños.

A pesar de este percance inicial, quizás fuiste de los afortunados que pronto encontraron el consuelo de un olor conocido, del cálido amor de una cara sonriente y de una fuente de alimento irresistiblemente agradable.

Quizás no tuviste tanta suerte y tu felicidad se hizo esperar por las graves miradas de unos seres que conocías, acompañado por pitidos regulares, casi hipnóticos sino fuera por todos esos dolores punzantes en tu nariz, garganta o bracitos.

Pero tarde o temprano, acabaste riendo, ajeno todavía a la crudeza del mundo que existía más allá del universo de seguridad de aquellos que te quisieron y te protegieron. O quizás no.

Quizás viste el dolor de tus seres más queridos en sus ojos o en sus gritos, quizás los sentiste en tus propias carnes laceradas por cualquier de las maldades absolutamente injustas de este mundo.

Yo quiero pensar que hasta entre el sonido de bombas cayendo y en el caos más aterrador, pueden existir momentos fugaces para la felicidad. Sensaciones que chisporrotean como una bengala agitada en medio de la noche. Momentos finitos que iluminan la noche y las caras de aquellos que lo contemplan cómplices en esos segundos de puro éxtasis trazando figuras efímeras de humo y luz.

Pero son tan fugaces que pronto vuelves a quedarte en la oscuridad propia de la cotidianidad, de la monotonía, encallado en el hábito del recuerdo de aquello que ya no volverá o del anhelo de lo que nunca quizás llegue.

Pronto olvidas que las bengalas están para encenderlas y que no tendrían sentido sin la noche. Olvidas que la felicidad no es un accidente sino una decisión que se disfruta como el buen chocolate, el buen café o el buen vino: a pequeñas dosis.

Observas la oscuridad y piensas que está mal y por eso buscas la luz de las emociones fuertes, de las compras compulsivas o de los sueños imposibles.

Pero la magia no está en la claridad cegadora, sino en las sombras que se dibujan en las caras de asombro de aquellos que se iluminan por estos momentos cambiantes de luz, por los claro oscuros, los contrastes, y sobre todo la brevedad del momento.

Quizás estés ahogado por el dolor. El dolor del rencor de aquel que se equivocó y te hirió, el dolor de la pérdida de aquello que tuviste o el miedo a perderlo. El dolor te sumerge en una oscuridad más profunda que la de la noche y no te deja ver los brillos, los centelleos de placer.

Quizás te hayas acostumbrado a vivir en las profundidades abisales de emociones que no te ayudan a ser tú mismo, a encontrarte o a encontrar a los demás. Vives tanteando, en las profundidades de la más absoluta nada. Tan oscuro que no ves las bengalas de placer que intentan mostrarte el camino.

Sea como sea, te digo que la felicidad existe y que el bienestar también. No en el exceso que crea adicción y que te encadena anestesiándote, sino en los pequeños placeres, chispas, centelleos, brillos y reflejos que hay a tu alrededor.

Que haga muchos años que estés así no quiere decir que no puedas empezar a entrenar a tus ojos y a tu corazón para que vean y sientan de un modo nuevo. De hecho no es ni nuevo, es un viejo conocido que nunca se fue del todo, simplemente te olvidaste de él en un mal momento.

La felicidad, el bienestar depende de nuestro entorno. Claro que sí. No voy a ser yo el que te haga responsable único de sentirte como te sientes porque puedes caer en la culpabilidad innecesaria de pensar que no has querido cambiar la situación.

Simplemente puede ser que te hayas acostumbrado a lo que sientes como el que se acostumbra al olor de una habitación. Puede ser que ni sepas cómo sentir de modo diferente. Que lo hayas olvidado.

No va a ser una píldora mágica la que hará que vuelvan a crecer los músculos del sentir. Lo hará ejercitarlos. Como siempre, al principio con pasos vacilantes, tímidos y hasta poco elegantes.

Pero a medida que entrenes tus músculos y sientas la reconfortante luz del bienestar, empezarás a reconocer siluetas familiares, caras conocidas, gente que te espera con la sonrisa del que lleva tiempo esperando tu regreso.

Si hay solución. La solución se encuentra dentro de ti, pero si necesitas un empujón, una guía o tener la oportunidad de aprender de nuevo, ya sabes que te esperamos en Los Secretos de Ser Feliz, con el Dr. Bandler, padre de la PNL, y claro, yo mismo.

Podrás jugar con las bengalas de nuevo y por supuesto, ser feliz.

Xavier Pirla

Director de Talent institut

Co-trainer de Los Secretos de Ser Feliz con Richard Bandler

http://es.richardbandlerinbarcelona.com/