Este fué uno de los momentos más provocadores de mi conferencia sobre la Ingeniería de la Felicidad que ofrecí en la Universidad San Jorge en Zaragoza. La felicidad no existe porque no se puede ni comprar ni vender, ni acomular ni almacenar.

Hablamos de la felicidad como si tuviera propiedades materiales, casi como si fuera un ser cuando la felicidad es algo completamente diferente.

En estos días donde los seres humanos que se lo pueden permitir se afanan a comprar regalos y se empeñan en generar felicidad, es un buen momento para reflexionar sobre ello.

La Felicidad no existe porque no es algo sino que es un proceso y por lo tanto, un conjunto de sensaciones que recorren nuestro cuerpo y que son el resultado de pensar y hacer ciertas cosas.

Cada vez que pensamos en ella como algo acomulable nos olvidamos que es más bien como el calor que produce un fuego. No podemos acomular el calor de un fuego. Tampoco comprarlo o venderlo. El único modo de mantener el calor es quemando leños.

Del mismo modo, y como expliqué en la Universidad de San Jorge, se trata de tomar responsabilidad sobre ese proceso y empezar a pensar: ¿Qué puedo hacer yo para sentir más felicidad? ¿Qué puedo pensar diferente? ¿Cómo puedo pensar para que aumente ese grado de felicidad dentro de mí?

Porque al fin y al cabo, para estar enfadados nos pasamos el día pensando en imágenes que nos enfadan, nos repetimos una y otra vez lo que él o ella nos dijo o hizo, etca. Si nos fijamos, es un proceso, una sucesión de pensamientos que nos permiten mantener dicho enfado.

No hay nada de malo en celebrar la felicidad en Navidad, pero la pregunta es: ¿Porqué esperar a estos días? ¿No sería mejor poderla celebrar cada día? ¿Por qué no pensamos de manera que podamos sentirnos mejor cada día de nuestra vida?

Hay muchas respuestas a esas preguntas y en la serie de vídeos sobre la conferencia que ofrecí en Zaragoza trato de ofrecer algunas de ellas.