“Sé amable, cada hombre que conoces está luchando una dura batalla”. John Watson

Muy a menudo tratamos a los demás cómo si los únicos con problemas fuéramos nosotros. Es decir, nosotros tenemos todo el derecho a estar enfadados, preocupados o nerviosos pero los demás no.

En cada curso que realizo de comunicación, me acabo encontrando la misma situación: personas con miedos e inseguridades que les hacen actuar del modo que lo hacen. No creo que haya nadie que se salve de su ración de inseguridad.

Muchas de nuestras respuestas emocionales vienen disparadas por la incertidumbre que nos genera el no saber si vamos a poder ser capaces de conseguir algo, ya sea por lo que nosotros controlamos como por lo que está fuera de nuestro alcance, así como por el miedo de que los otros nos vean tal y como somos realmente o que se lleven una imagen equivocada, etc…

Cuando vemos a un directivo agresivo, déspota, mal educado, la primera reacción es pensar que “es una mala persona” y actuamos como si lo que está haciendo o diciendo, lo hiciera por su maldad hacía nosotros, lo cual genera una respuesta a su vez por la otra parte que todavía reafirma más nuestra idea sobre la persona y empeora la relación.

Creo que la realidad difiere bastante de esa lectura simplista en la que caemos a menudo. Desde mi punto de vista, en general las personas no andan gastando las fuerzas (ni para bien ni para mal) en los demás. No somos tan generosos. Creo honestamente que lo que le hacemos a los demás simplemente es el resultado de lo que nos pasa dentro de nosotros. De nuestra propia batalla.

De este modo, la primera pregunta a hacerse debería ser: “¿Qué le debe estar pasando a esta persona para qué diga y haga, lo que está diciendo y haciendo?” Es decir, ¿Cómo está percibiendo su entorno y cómo se está sintiendo para que actúe así?

Si nos hiciéramos esta pregunta con nuestros jefes, empleados, familiares y parejas, nos daríamos cuenta que los problemas de comunicación que solemos tener, no proceden tanto de no poder expresar lo que queremos decir, sino de fallar en la comprensión de la “batalla interna” que el otro está librando y que de algún modo nos afecta “colateralmente”.

Uno de los grandes retos en los que me encuentro tanto en cursos de PNL como en cursos de comunicación en empresas es desarrollar la habilidad en los alumnos de explorar cómo el otro percibe la realidad y cómo la diferencia entre su percepción y la nuestra es la que se necesita salvar para poder conseguir el objetivo.

John Watson lo dijo perfectamente: “Sé amable, cada hombre que conoces está luchando una dura batalla”