Mira a tu alrededor: ¿Qué vees? ¿Estrellas del cine? ¿Famosos? ¿Ingenieros?¿Médicos?¿Directivos? En definitiva, gente de éxito ¿Verdad?

Cuando yo tenía 14 años y vivía con mi madre viuda y mi hermana, soñaba con volar, en salir de esas paredes de tristeza y convertirme en piloto de avión. De la puerta de mi habitación colgaba un póster de la cabina de mandos de un Concorde (mis abuelos me habían regalado uno de juguete en una visita a París y de mayor alguien me regaló un libro con su historía) y me dejaba llevar por mi imaginación siendo un piloto de uno de esos ultramodernos aviones y viajando por todo el mundo.

Lo tenía claro: sería piloto costara lo que costara. Con 16 años y con el poco dinero que tenía, me compraba Avión Revue, una revista especializada en aviones. Yo no tenía dinero, y aprender a volar era caro. Pensé en el ejército del aire: servías unos años y luego podías convertirte en piloto civil. Y si no pediría un préstamo.

Un buen día, mi abuela me dijo que su sobrino (que yo ni conocía) tenía el título de piloto y que le había dicho que encontrar trabajo de piloto sin recomendación era muy difícil y que el ejército era una opción reservada para muy pocos. Que mejor era estudiar una carrera (él había estudiado económicas) y luego ya me sacaría el título. Eso lo cambió todo.

Por primera vez en mi vida, algo que dependía de mí en gran parte parecía no posible (al menos por el momento). Debía estudiar una carrera y pensé que sería bueno una ingeniería. Después de muchos años de esfuerzos (la verdad es que la ingeniería no era lo mío) me saqué el título y aparecieron delante de mí otras prioridades. El sueño de piloto empezaba a desaparecer.

Esa es la historía de muchas personas que abandonan su sueño, aquello que les puede llenar, convertirlos en seres plenos, por la seguridad de lo convenido, de lo acordado o reconocido públicamente. 

A veces nos sentimos empequeñecer por aquella persona que parece que ha triunfado en la vida porque ha cumplido con lo convenido pero nos olvidamos de veer más allá, de profundizar en el interior del alma de esa persona resplandeciente con su aura de éxito social.

Cuando te encuentres delante de alguien que parece que cumple con más requisitos de éxito profesional y personal que tú, mírale profundamente en los ojos en busca de tristeza, de miedo, de insatisfacción. Pregúntale (o pregúntate al menos) si es feliz realmente. Si se siente a gusto con él mismo. Si sacrificó algunos de sus sueños, si sacrificó su esencia para convertirse en lo que alguien más quería que fuera.

Pregúntale si trabaja para él o para su familia. Pregúntale si se siente amenazado por otros. Si vive en el miedo que alguien descubra que “no es tanto” como parece. Que no es tan fuerte, tan listo, tan implacable, tan seguro o tan feliz como parece.

Mírale en lo profundo de sus ojos y pregúntale que si tuviera una barita mágica cambiaría alún aspecto de su vida del cual ahora no está nada satisfecho. Te sorprenderás.

Quizás el acto de valentía más grande de mi vida fué dejar todos mis estudios y carrera profesional como ingenierio por algo tan extraño como la PNL. La verdad es que la sensación todavía hoy a veces es vertiginosa. Sigo escuchando la voz de mi abuela…

Pero la verdad es que aunque todavía sigo teniendo miedo de haber dejado atrás las convenciones, me siento un poco mejor pensando que aunque perdí el tren de piloto comercial (la edad no perdona), sigo teniendo la oportunidad de conectarme con lo que yo quiero y lo que yo siento.

Te invito a que no te dejes deslumbrar por escaparates ambulantes. Como dice un amigo: “Todos tenemos dos caras, la profesional y la personal”. Deja que alguien se relaje y mírale en lo profundo de los ojos. Verás que el éxito no se mide por lo que tienes o haces. Se mide por lo conectado que te sientes contigo mismo, con tu ser y tu esencia como ser humano.

Este 2013 te propongo que nos pongamos pequeños retos que nos lleven a nosotros mismos en vez de grandes objetivos que nos alejen.