Escucho a mi lado a alguien hablar sobre su coche, sobre su casa, sobre su marido o esposa y me pregunto: ¿Es realmente suyo? ¿Poseemos alguna cosa?

Los seres humanos tenemos una especie de obsesión por lo familiar, lo conocido. Lo que es igual, lo que no cambia o simplemente lo que creo que va a pasar son conceptos que nos transmiten seguridad.

En mi libro El arte de conseguir lo imposible dedico una buena parte a hablar sobre esa falsa seguridad que creemos que tenemos y que a veces no nos permite desplegar nuestro potencial, pero ahora me voy a permitir reflexionar un poco más sobre ello.

Queremos pensar que nuestro alrededor no cambiará porque ese pensamiento nos genera seguridad algo así como “Si nada cambia ya sé que va a pasar”. Pero la verdad es que no tenemos ni idea de lo que va a pasar a pesar que algunas veces tengamos más probabilidades de acertar que otras.

Aceptémoslo: el mundo es un gran desconocido. Hoy tengo empleo y mañana ya no lo tengo, ayer tenía una esposa y hoy ya no. El mundo cambia y con él nosotros. Hablar de posesión muchas veces nos hace pensar que podemos retener algo pero casi nunca es posible.

Lo queramos o no las rosas se marchitan, las maderas nobles se estropean y nuestra piel se
llena de surcos que cuentan historias de nuestra vida. Sólo algunos elementos sobreviven, como los metales más precisos, pero hasta estos cambian de valor constantemente. ¡Hasta mis emociones sobre ellos se transforman (muchas veces, por suerte)!

Los recuerdos de las emociones se almacenan en nuestro cerebro en forma de químicos, pero si no se activan más o menos periódicamente acaban por desvanecerse y se convierten en una sombra de lo que una vez fue un amor apasionado, una sonrisa en su cara, una caricia de su mano…

Vivimos en una especie de sueño del que nos cuesta despertar, pensando que poseemos una casa cuando es el banco quien lo hace, o mientras no le suceda nada a la casa o a su propietario que le obligue a venderla, y un día quizás pasara por delante y recordará aquellos momentos felices, que pasó entre sus paredes.

Al parecer el actor Anthony Hopkins llamó a la puerta de una casa y ante la sorpresa de sus propietarios se ofreció a comprarla porque ahí había nacido y crecido. Pero lo cierto, es que ahí ya no está él con 5 años, ni sus familiares, ni los amigos de la escuela, ni aquella mecedora, ni el barrendero, ni el chico de los periódicos…

Pensamos que poseemos una amistad cuando lo cierto es que la amistad depende en muchos casos de lo que suceda entre las dos personas, igual que el amor, el respeto pero también el odio o el rencor. Simplemente fluctúa con el entorno. Nada más.

Nos aferramos como dicen los tibetanos y nos provoca dolor pensar que lo podemos perder, pero lo cierto es que nunca lo tuvimos. Del mismo modo que no tiene sentido pensar que podemos retener el agua indefinidamente o mantener una fruta fresca.

Sé que no digo nada nuevo, pero el hecho es que aunque sabemos que nuestro entorno es fluido por definición seguimos cayendo en la trampa de pensarlo a veces como estático, simplemente porque lo estático es aparentemente más seguro.

Te invito a que te fijes en todo aquello que está a tu alrededor y que te des cuenta que todo puede transformarse, desaparecer, pero no le dejes como una idea. Vívelo. Me refiero a que te lo imagines vívidamente en tu mente.

Seguramente te generará emociones de tristeza, melancolía, dolor, pero yo te invito a que lo veas de otro modo, a que imagines un mundo donde las cosas pasan, se van, se transforman, cambian y aunque algunas veces el cambio es doloroso o al menos incómodo, te permitas vivirlo con serenidad, como un desafío, como una oportunidad inmejorable para ser más.

Fíjate que al arriesgarte a crear un universo donde todo puede cambiar y donde te puedes seguir siento bien o hasta mejor, te convierte en un ser más libre, sin miedo. Uno de los enemigos de la dignidad emocional es precisamente el miedo. Es ese miedo con el que algunos nos intentan subyugar. Pero recuerda: es simplemente una invención.

Dicen los americanos que los ricos de verdad son los que ya se han arruinado al menos una vez, porque saben que puedan arriesgarse a hacer algo nuevo y aunque lo pierdan todo, pueden volver a conseguirlo.

No tenemos nada, porque nada está para quedarse. Solo poseemos instantes, destellos del ahora totalmente válidos para disfrutarlos. Que el hecho de quererlos preservar no te esclavicen ni te inmovilicen.