Imagínate que quieres ser más feliz, ¿Qué harías? La mayoría de la gente no se plantea esta pregunta por que ni se plantea que la felicidad dependa estrictamente de uno mismo. Hemos aprendido por mil vías que la llave de la felicidad es básicamente:

1. El dinero
2. La familia
3. La salud
4. Hacer lo que uno quiere

A parte de la última, el resto de puntos son poco o menos controlables. Claro está que si llevas a cabo malos hábitos terminarás estropeándote la salud , pero muchas veces depende de tu entorno, de la genética o del azar (hay quienes lo atribuyen también a nuestro estado emocional).

Digo lo de la familia, porque en el fondo, a parte de la pareja, no escoges ni a tus padres, ni a tus tíos o primos, ni a tus abuelos, ni a tus hijos y aunque puedas influir en ellos, definitivamente es una parte que suele afectar a nuestras emociones.

El dinero por supuesto, es la madre de todos los huevos. Woody Allen ya decía que el dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia.

De hecho, el dinero es sólo el instrumento que permite sostener la ilusión que la posesión de bienes nos ofrece algo parecido a la felicidad. Quienes han conocido de cerca a gente con mucho dinero, saben que ni por asomo esa condición (la de tener dinero) es suficiente para alcanzar la felicidad, pero a los de a pie, nos hace pensar que seguramente con más recursos el camino hacía a dicha felicidad sería más llano.

Hacer lo que uno quiere (en el trabajo, en su vida) parece ser otro de esos “Santos Griales” en la búsqueda del cual está mucho gente embarcada. Y seguramente, y una vez más, es mucho mejor estar haciendo lo que a uno le gusta que lo contrario. Lo que pasa es que ni siempre (me refiero a todos los casos) se puede escoger (en todos los momentos), ni todas las personas saben lo que quieren o lo que les gustaría hacer.

Volviendo al dinero, yo creo que las personas buscan en el dinero reconocimiento social pero especialmente seguridad. Vivimos a menudo atemorizados por lo que nos pasará y por lo tanto, como muchas de las cosas que nos pueden pasar pueden ser solucionados con dinero, tendemos a pensar que cuanto más mejor.

Aunque claro está que cuando más se tiene, más se suele necesitar y también más miedo a perderlo o sufrir las consecuencias de tenerlo (robos, secuestros, envidias) algo de lo que ya hablaba en ¿Qué es realmente mío?.

Parece ser que las fuentes habituales de las personas para generar felicidad no acaban de ser perfectas. ¿Qué queda luego? Quedas tú.

Quedas tú, pero sin presiones. Hoy escuchaba a un súper gurú diciendo que la causa de todos nuestros males tienen que ver con la actitud y que debíamos ser más  positivos. Una vez más la tiranía de las citas inspiradoras. Ya escribí un artículo del mismo nombre (ver aquí) y otro titulado tenemos derecho a no ser perfectos, en los que reflexionaba sobre la presión ejercida por una parte del mundo de la autoayuda sobre como deberíamos ser. ¿Luego, deberíamos ser todos felices y positivos? No.

No, porque ser feliz puede ser un derecho, pero nunca una imposición, ni una obligación. En estos días, el ser feliz está más difícil que nunca porque no somos ni Budhas, ni Santos ni Gurús. Somos gente de la calle que sufrimos en propia carne los efectos de la crisis y/o la vemos sufrir en personas que queremos a nuestro alrededor.

Tal y como está montada la sociedad, el dinero es necesario, y el no tenerlo nos hace las cosas mucho más difíciles y afecta a la familia, al trabajo, a la salud y por supuesto a nuestro humor.

Dicho esto, ¿Es momento de desfallecer? Como decía hace unos artículos ¿Por qué sobrevivimos a una crisis? lo importante es mantenerse ocupado tanto mental, como emocional, como físicamente, pero dándonos el derecho a ser humanos y a no sentirnos bien a veces.

Paradójicamente, el imperativo de tener que ser perfectos puede crear el efecto contrario, por lo tanto, podría ser que hasta querer ser feliz fuera fuente de infelicidad.

Y así, ¿Qué nos queda? Nos queda aprender. En mi pequeña guía de como ser feliz el punto más importante es aprender. Para mí no se trata de hacer las cosas siempre bien (¡Por suerte!) sino de hacerlas mejor en la medida de lo posible y aprender de las ocasiones donde las cosas no salen como queremos.

¿Ser mejor? ¡Sí! Pero no es un objetivo, es un proceso. Es una actividad para el resto de la vida, como la de ser feliz (o mejor dicho, ser cada vez más feliz).

Para mí, la respuesta a una crisis se basa en entender que la crisis es sólo un cambio de las condiciones a nuestro alrededor (o en nuestra interior) que nos obliga (lo digo porque lo tenemos que hacer tanto si queremos como si no) a buscar nuevas respuestas a estas nuevas condiciones, es decir: aprender.

Cada vez que me equivoco, cada vez que no me sale algo como yo quiero, cada vez que algo de mi alrededor cambia de manera que no favorece mis intereses, delante mío intento ver un reto y una oportunidad para aprender. No siempre me sale bien, pero hasta cuando fallo en tomarme las cosas como un aprendizaje, eso es en si mismo es un aprendizaje y por lo tanto, no me castigo por no haber visto esa oportunidad de aprender.

Aprender nos ofrece la oportunidad de ser nosotros los héroes y no las víctimas, pero no fuera, no en el mundo exterior compitiendo con otros héroes, sino tu propio héroe y ya está. Aprender nos da la oportunidad de ver nuestro entorno como una oportunidad y no como una amenaza. También nos da la oportunidad de ser flexibles y ser tolerantes con nosotros mismos cada vez que no cumplimos con nuestras propias expectativas o la de los demás.

Aprender pone el foco en nosotros y no en el exterior. Nos hace más listos, más fuertes, más sensibles, más creativos, más compasivos, más felices. Pero eso sí, cada uno a su ritmo y en su escala.

No sé si aprender es la llave a la felicidad, pero al menos, nos hace el camino un poco más interesante.